Ayer, hoy, y tal vez por siempre ...
Por
alguna extraña razón la mujer a través del tiempo ha sido relegada a un plano
menor, muy secundario.
De
hecho, son las principales religiones del mundo, en cualquiera de sus formas y
presentaciones que, han acentuado tal maltrato y a éstas las han proscrito desde
tiempos históricos.
Desde el
inicio de los tiempos, cuando Adán, sí, el mismísimo tipo que andaba todo el
tiempo calato en el Edén, inicialmente tenía como compañera a Lilith, y al
parecer no soportaba que su compañera fuese más lista que él. Al parecer
Adancito era algo tonto y retrógrado, pues no soportaba la idea de tener un par
como compañera, a un ser más inteligente y capaz que él. Le disgustaba que ésta
tuviese opiniones propias, y odiaba el hecho que ella no respondiera ser sujeta
de esa menor jerarquía que él había estrenado.
Por lo que,
este misógino Adán fue con el chisme a su jefe superior, lo que le costó el
puestito en el paraíso a aquella primera mujer, fue castigada y relegada al inframundo,
sólo por la osadía de reclamar su derecho a ser tratada en forma igualitaria en
dicho matrimonio.
Estoy firme
que, es aquí donde nace la argolla, la mediocridad del sector estatal, y que
hoy en nuestros tiempos, es un símbolo distintivo de estas instituciones, donde
a los más capacitados se los sacrifica en nombre de un supremo, noble, y
altruista compadrazgo, en fin.
Así que,
inmediatamente Lilith es cambiada de puesto por una más complaciente, sin opinión,
muy proclive, y más sumisa a su marido, y a la que se la llamó Eva. Al final, vemos
como no resultó aquello.
De hecho,
los libros Semíticos como Levítico, parecería haber sido escritos por hombres extremadamente
misóginos, pues a quién, en su sano juicio se le ocurre grabar como bulas
expresas que, las mujeres son especialmente inmundas en el periodo de
menstruación. Y posterior a éste, estaban condenadas al desprecio e impedidas
de manipular, tocar, o visitar, cualquier cosa o lugar, a menos que, estas
hayan pasado por un previo proceso de purificación, y por si fuera aún poco
todos estos sagrados requisitos, tendrían que hacer cierto sacrificio y ofrenda
según sea las exigencias de alguna deidad. De esta manera, cualquier animalito
inocente, y cualquier metalcito precioso como, oro o plata, podrían servir como
monedita para pagar una especie de “impuesto al periodo menstrual”.
¡Y diablos!
Sí, por esas cosas caprichosas del destino, a alguna mujer hubiese tenido alguna
hormona calenturienta, en consecuencia, para apagar tal incendio acudió algún
vecino muy solícito, ésta inexorablemente estaba condenada a ser apedreada
hasta morir.
Hoy por
hoy, si alguna mujer tuvo la suerte de nacer en las tierras donde el Corán hace
de las suyas, resultaría en algo así como, vivir en un infierno terrenal,
creado, mantenido, y subrogado por hombres, pues las prohibiciones van desde reír,
pasando por no tener derecho a educación alguna, y hasta la forma y manera cómo
deben de vestir, y como para completar este pastel fálico, la cereza de dicho
postre, asigna y da derecho al marido de golpear físicamente a la esposa, pues
es algo así como una propiedad privada de éste., amén que estos tipos pueden
tener varias esposas a la vez.
Pareciera
que Abraham, Jacob, Salomón, David, estos muchachotes sentaron los precedentes épicos
sobre la poligamia, y al parecer en pleno siglo 21, hay religiones y lo peor de
todo, países enteros que permiten tan juiciosas y ejemplares formas de vida.
Digamos
que, para ser más justos, como para equilibrar la balanza, a las mujeres
también cuando menos deberían de tener varios maridos, de manera que, así todos
felices y contentos pues la vida es demasiado corta para reñir por un marido de
más, o una mujer de menos, en fin.
Vivimos
en un mundo misógino, de hecho, hasta las mismas mujeres son extremadamente
machistas, pues quien no recuerda a sus abuelas, a madres, tías, vecinas, en
fin, todas ellas expertas en capacitar y adiestrar a niñas y niños en el fino
arte de la sumisión y obediencia, o la bravuconería, según sea el caso. Cuando
la idea es, valorarse y tratarse como congéneres, pues el camino de la vida tiene
dos vías, derecho y respeto.
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