… creo que el cielo está en mi patria y aun no me entero Las gentes septentrionales deben andar algo desquiciadas, les falta un perno , o qué les pasa, son acaso extraterrestres, pero de este mundo. Pues lo tienen absolutamente “todo”, o bueno, casi “todo”. Tienen techo, pan y un buen lecho, y toditos ellos garantizados. De hecho, digamos que es más que un humilde techito donde viven, pues sus quejumbrosos huesos son cobijaditos al amparo de sus cuasi mansiones. Tienen más que, un humilde pancito diario disponible en sus amplias mesitas, para llenar a diario sus opíparos estómagos. Sus billeteras al ser incapaces de albergar tanto billetito verde, pues, alojan en ellas solo "plastiquitos dorados". Viven en barrios inexpugnables, y de yapa, cuentan con seguridad contratada para evitar que cualquier persona fisgona ose en echarles una miradita. Y toda su vida por aquellos lares es un mar de lágrimas. Padecen de traumas, estrés de todos los números. Son presas fáciles de...
Nunca llamo por teléfono a mi viejo*, generalmente lo hago solo en fechas específicas circunscritas al calendario festivo familiar. Ya que vivo en otra ciudad, mi comunicación es a través de plataformas virtuales de video muy de moda en esta era digital. De hecho, es él quien siempre está llamando por teléfono, para saludar o para preguntar por la familia, siempre está pendiente de nosotros sus hijos, pese a que todos ya somos adultos. Cierto día, tratando de ubicar a alguno de mis hermanos y puesto que no lograba localizarlos en sus móviles particulares, en sus redes sociales, ni en cualquiera de sus otras plataformas de comunicación, ¡diablos! Ahora con tantas herramientas virtuales de comunicación a nuestro alcance y estamos más incomunicados, se me ocurre llamar a mi viejo para ver si me puede contactar con alguno de ellos. De manera que, le marco a su teléfono y contesta inmediatamente: - ¡Si aló. Aló! Me contesta. - ¡Aló, soy yo! Le retruco. - ¡Quién habla. Quién es! ...