Mi gato, en realidad lo es de mis
hijas, es super miedoso, cuando ve gente extraña a nosotros en la casa, o
escucha un ruido fuerte, sale disparado, como alma que lleva el diablo, a
ponerse, según él, a salvo y a buen recaudo. Definitivamente no es un gato techero
ni patiperro, es extremadamente casero.
Es parte de la familia, un
miembro más, con sus rutinas, sus gustos, disgustos, ya hemos aprendido a
conocernos mutuamente.
Por la noche ya sabe de nuestra
rutina, es hora de sacar la basura., cuando apenas me ve sacando la bolsa negra,
interrumpe lo que sea que está haciendo salta y se pone a la delantera, espera que abra la puerta y cual rayo endemoniado sale a la calle. Cualquiera
pensaría este es un gato callejero, no definitivamente no lo es, no se aleja
más de dos metro a la redonda donde esta nuestro pequeño jardín exterior, allí
se estira como sólo él, lo sabe hacer, se despereza lentamente, va a rumiar
alguna hoja del césped, eso le encanta hacer, aparte de marcar su territorio en
pleno jardín. Hecho que solo es interrumpido cuando algún transeúnte pasa cerca
nuestro, y nuevamente como salió, cual rayo se devuelve a la velocidad de un meteoro. Y es que mi mujer dice que es un ¡mariconazo!. Pero yo sé que no es así.
Lo que pasa es que, no le gusta coincidir con la gente ni que la gente coincida
con él.
Lo que sí sé es que, es todo un dandy,
y en extremo educado, se acicala todo el día, claro cuando no está retozando, a
o acicalando a sus hermanas menores. Porque ahora a la casa han llegado dos bebés
gatas siamesas para su alegría y compañía, y por supuesto el júbilo de mis
hijas.
Por las mañanas toca desde muy
temprano la puerta de mí habitación, si toca la puerta como un cristiano, no sé si para saludar
o porque necesita ir al baño. Pues al abrir la puerta que da a la azotea donde
tiene sus areneros, sale inmediatamente en dirección de ellos. Luego regresa y se
tira sobre mi cama. Y es que, este rito lo repite hasta que se aburra y consiga
otra rutina. Cuando era más tierno se había acostumbrado a dormir en mi cama, y
durante toda la noche giraba alrededor mío, como un reloj, a veces en sentido horario
o antihorario, hasta el punto en que literalmente me harto, porque sus flatulencias
constantes no me dejaban continuar con mi sueño, allí comenzó su exilio. Le
costo mucho buscar otro lugar donde pasar la noche, pues en la madrugada tocaba
y tocaba a la puerta de la habitación, una y otra vez, a veces me apenaba le abría, e
inmediatamente corría a aquella que consideraba su cama, hasta que finalmente,
poco a poco logre desterrarlo.
Pero lo que, nunca deja de hacer es buscarme cuando estoy en casa, para arremolinarse en torno mío, doy dos o tres palmadas en mi muslo y es señal para que como, cual felino salvaje, salte sobre mis piernas, y empieza su rito interminable, de amasar calmada pero tenazmente, una vez, que cree haber mullido concienzudamente, según él, su lugar de descanso, entre mi panza y mis muslos se acomoda, no sin antes dar un par de maullidos, como midiendo mi respuesta frente a su acción, después de lo cual, empieza a retozar sin contemplación, acompañado de un rítmico ronroneo, que no es interrumpido por nada del mundo, hasta que yo, cansado de su sinvergüencería y después de media hora, lo aparto cordialmente.
Cuando viene a donde trabajo en
mi ordenador, se trepa a la mesa y con sumo cuidado la atraviesa, sin tratar de
desordenar ni mover nada, y consigue abrirse paso y llega a mi cama y con toda
la confianza del mundo, al saberse impune, se tira sobre cualquier documentos u
hojas que tengo cerca mío, aun teniendo todo el espacio libre del mundo al otro
lado de la cama.
Cuando era más chico, me esperaba
en la puerta de la casa, a que arribe del trabajo, y ni bien sentía mi
presencia o tocaba el timbre, inmediatamente sacaba su patita por debajo de la
puerta para ser el primero en saludarme. Ahora que ya es más adulto, está buscando
lugares donde nadie lo fastidie y le encanta pasar a allí el resto día,
retozando, y es que en el fondo es como yo, somos extremadamente hogareños, o tal vez,
en nuestras vidas anteriores hemos cambiado de roles, yo el gato y el humano.
Ahora ambos somos más maduros, parece que nuestra amistad se ha cimentado y
hemos pasado de ser amo y gato a colegas y camaradas.
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