No alcanzaba a comprender, por qué, mi gato cuando sale a la calle
o cuando tenemos algún visitante en casa, éste se devuelve a sus aposentos a la
velocidad de un rayo, sí, cuando percibe la presencia de los humanos adopta ese comportamiento, y allí en su refugio permanece en su interior, hasta que siente que el peligro a finalizado, y emerge
soltando unos maullidos como diciéndome, ¿ya pasaron o ya se fueron?, asegurándose que el peligro efectivamente ha pasado.
No me explicaba por qué de dicho comportamiento, ensayé una serie
de hipótesis al respecto, asumí, a su alto grado de timidez, tal vez a una
innegable poca valentía, o quizás, a evitar el contagio del virus que está muy
de moda ahora en esta pandemia global. Y él se siente vulnerable ante la eventualidad
de ser objeto de un contagio por el hombre, ya que éste es cargador y
propagador de este virus en todas sus formas y variantes. Entonces buscar un refugio
es lo más seguro hasta que inventen un facial o barbijo apto para gatos, lo que
es muy remoto, por lo que, permanecer en su refugio, es lo más seguro.
Lo que no sucede cuando ve otros animales en la calle, por ejemplo,
otros gatos, o un perro, al contrario, se presume envalentonado y ostenta una
posición de dominio y arrogancia como señalando su territorio y feudo.
Todas estas teorías se difuminaron, cuando presté franco oído a lo
que me narró, una tarde mientras reposaba arremolinado en mi panza. Y es la fealdad de las almas, sus auras oscuras y turbias, a causa de las malas
acciones de las personas, hace que estos, sean insoportables de ver, por lo que
su instinto de defensa, lo hace huir. Y qué hay
de mí, le interrogué, pues a tus
demonios ya los domestiqué, contestó.
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