Hoy es un buen día para comer alguna fruta, pienso, y me dirijo a algún mercado especializado para tal fin. Allí es como estar en cualquier mercado de medio oriente, todos compiten por llamar mi atención y ofrecerme sus generosas provisiones. Las hay de origen doméstico y las otras más exóticas, pero todas una mejor que la otra en cuanto a su eficiencia sanatoria o curativa de cualquier mal humano, terrenal, real o por inventarse, me asegura el vendedor.
El
vendedor me observa fugazmente, y ¡zas!, en un segundo hizo un examen fenotípico
exhaustivo, y anuncia su veredicto, esta fruta le hace crecer el cabello,
obviamente a contemplado mis tres escuálidos pelos que me quedan aún en la
testa, y me asegura que hay hechos y estudios científicamente comprobados que
dan fe de ello. ¡Diablos! quien soy yo para poner en duda tales estudios, pienso. Luego también me sugiere probar aquella otra, es ideal para curar la diabetes, quizás lo deduce de mis pocas carnes y mi aspecto más
flaco que lánguido. Para la próstata es
esta la indicada, dice, sin dudar intuye que, un tipo como yo entrado en años,
ya la padece, y debería de probarla, afín de enmendar el desorden o evitarla
en un tiempo cercano. Al mismo tiempo me sugiere probar con la fruta de color
exagerado. La pigmentación se debe a la altísima concentración de licopeno,
lo que la hace extremadamente antioxidante, por lo que la eterna juventud está garantizada,
al consumirla. ¡Re-diablos! no lo habría podido mejor dicho, ni tampoco una eminencia científica
versada en estos asuntos.
Obviamente
mi madurez, mis escasas carnes, mi inexistente cabello, le hace pensar que la vejez está a la vuelta de la esquina y lo más seguro, me indica, agenciarme de
tal maná, para el disfrute de una vida sana y cuasi eterna.
Llego
a casa con un camión de provisiones como para un pequeño ejército. Y pensar que
solo quería una fruta para saborearla en este día caluroso de verano.
Mi
mujer me mira y mueve la cabeza en señal de desaprobación. Le aseguró haber encontrado
el dorado, pero en las frutas.
Es la verdadera alquimia que todo mundo desde tiempos inmemoriales andaba buscando
y yo la encontré en el mercado de mi barrio. Había oído hablar de ciertos vegetales que tras complejos pasos de preparación y acondicionamiento liberan
sus benévolas propiedades, sin embargo, dado a su desagradable olor y sabor es difícil
su aceptación. Pero la fruta es otra cosa. Si es la verdadera alquimia hecha en
una fruta. Pelar y comer, bueno hasta la puedes ingerir sin dicho trance, me asegura
el vendedor pues, la piel tiene propiedades gastro intestinales benéficas.
¡Te han tomado el pelo! Sentencia ella. ¡Cuál, si no tengo ya alguno!
retruco. Me rasco la cabeza, con la yema de los dedos, remedando al flaco, de
la tira, “el gordo y el flaco”. Y me apuro a pensar en que tal vez debería volver
y comprar una o dos tandas más.
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