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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

Solo queria comer una fruta

Hoy es un buen día para comer alguna fruta, pienso, y me dirijo a algún mercado especializado para tal fin. Allí es como estar en cualquier mercado de medio oriente, todos compiten por llamar mi atención y ofrecerme sus generosas provisiones. Las hay de origen doméstico y las otras más exóticas, pero todas una mejor que la otra en cuanto a su eficiencia sanatoria o curativa de cualquier mal humano, terrenal, real o por inventarse, me asegura el vendedor.

El vendedor me observa fugazmente, y ¡zas!, en un segundo hizo un examen fenotípico exhaustivo, y anuncia su veredicto, esta fruta le hace crecer el cabello, obviamente a contemplado mis tres escuálidos pelos que me quedan aún en la testa, y me asegura que hay hechos y estudios científicamente comprobados que dan fe de ello. ¡Diablos! quien soy yo para poner en duda tales estudios, pienso. Luego también me sugiere probar aquella otra, es ideal para curar la diabetes, quizás lo deduce de mis pocas carnes y mi aspecto más flaco que lánguido.  Para la próstata es esta la indicada, dice, sin dudar intuye que, un tipo como yo entrado en años, ya la padece, y debería de probarla, afín de enmendar el desorden o evitarla en un tiempo cercano. Al mismo tiempo me sugiere probar con la fruta de color exagerado. La pigmentación se debe a la altísima concentración de licopeno, lo que la hace extremadamente antioxidante, por lo que la eterna juventud está garantizada, al consumirla. ¡Re-diablos! no lo habría podido mejor dicho, ni tampoco una eminencia científica versada en estos asuntos.

Obviamente mi madurez, mis escasas carnes, mi inexistente cabello, le hace pensar que la vejez está a la vuelta de la esquina y lo más seguro, me indica, agenciarme de tal maná, para el disfrute de una vida sana y cuasi eterna.

Llego a casa con un camión de provisiones como para un pequeño ejército. Y pensar que solo quería una fruta para saborearla en este día caluroso de verano.

Mi mujer me mira y mueve la cabeza en señal de desaprobación. Le aseguró haber encontrado el dorado, pero en las frutas.

Es la verdadera alquimia que todo mundo desde tiempos inmemoriales andaba buscando y yo la encontré en el mercado de mi barrio. Había oído hablar de ciertos vegetales que tras complejos pasos de preparación y acondicionamiento liberan sus benévolas propiedades, sin embargo, dado a su desagradable olor y sabor es difícil su aceptación. Pero la fruta es otra cosa. Si es la verdadera alquimia hecha en una fruta. Pelar y comer, bueno hasta la puedes ingerir sin dicho trance, me asegura el vendedor pues, la piel tiene propiedades gastro intestinales benéficas.

 ¡Te han tomado el pelo!  Sentencia ella. ¡Cuál, si no tengo ya alguno! retruco. Me rasco la cabeza, con la yema de los dedos, remedando al flaco, de la tira, “el gordo y el flaco”. Y me apuro a pensar en que tal vez debería volver y comprar una o dos tandas más. 

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