Todas las familias tienen algunas
manías que permanecen durante toda la vida, y se extienden por contagio a los
individuos que giran alrededor de su órbita. No sé cómo nació, quién la
introdujo, y por qué, cómo, cuándo, son preguntas que me asaltan de vez en vez,
lo cierto es, desde que llegó, se quedó, y hoy trasciende fronteras maternas
y se asienta en cada una de nuestras nuevas familias formadas. De qué hablo,
pues de la maníaca costumbre de comer plátano con nuestro almuerzo.
Era todo un rito su selección y admisión a nuestra casa, donde no sólo la precisa
madurez, aroma, color eran examinados, si no otras exigencias singulares. La
encargada de tal proceso discriminativo era mi vieja. Yo, por supuesto el
encargado de comprarlos en el mercado local, y en específico donde mi vieja*
tenía su “casera**”.
Su puesta en escena, no se podría
realizar en cualquier momento del día, ¡no sacrilegio! Tiene su momento y
lugar. Esta baya en general se come a cualquier hora del día, tal vez como postre o parte de él. No en mi casa o bueno en la casa paterna. Esta Musa
paradisiaca*** tenía su momento y lugar exacto. La hora del almuerzo era
su momento, y acompañado al plato de fondo o segundo, ése era su lugar. Era
como nuestra musa que en estos precisos momentos despertara para
transportarnos hasta el paraíso culinario del medio día.
Pero este banano, plátano,
cambur, gualele, guineo o bellota o como quieras llamarlo, tenía que responder
a ciertas características fenotípicas y organolépticas muy bien especificadas
en el reglamento de uso y dominios creados por mi vieja, y que yo
aprendí cuando era chibolo a la mala, no obstante, de disfrutarlo plenamente a
la hora del almuerzo.
Y no sé cómo, mi vieja
descubría cuando lo compraba en cualquier otro lugar y no el pre fijado como
punto de abasto.
Por flojera o comodidad mía,
trataba de introducirlo de contrabando de cualquier otro lugar y me pillaba. No
sé cómo, pero siempre me atrapaba. Quizás llevaban pegado un sello invisible en
sus lomos porque yo no los distinguía a simple vista. Tal vez por el olor
que desprendían los de ese lugar en específico. El tipo, forma, color, y tamaño
de las pecas de su piel, las numeraba quizás y luego todas estas variables la
descargaba en algún algoritmo doméstico de su invención. Lo cierto es que, nunca
fallaba, es como si hubiera tenido un tercer ojo, o un sexto sentido que desnudaba y exponía mi osada imprudencia de comprarlo en otro lado que no era su bendita “casera”, por lo que yo tenía que regresar sobre mis pasos derechito a devolverlos.
Más tarde, cuando cuando ya éramos jóvenes, mi hermano llevaba a casa a su enamorada a la hora del almuerzo, ésta
quedaba un tanto sorprendida y estupefacta al ver como cada uno de los miembros de
nuestra comunidad tomaba el plátano y en el preciso momento, de pasar al plato
de fondo o segundo, cada uno, cogía y pelaba el suyo y lo depositaba amablemente en su respectivo
plato para proceder a su deglución…Hoy que ya son casados, continúan perennizado el mismo rito familiar.
* Vieja: Palabra usada, en el argot popular en los ochentas para designar a las mamás
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***Musa paradisiaca: Nombre y apellido del plátano
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