Conversar
con mi vieja a través de la plataforma zoom o teléfono, en fin, o por cualquier otro
medio de comunicación e inclusive face to face, es como un diálogo de sordos
mientras se desarrolla la conversación, voy hablándole de algo y me está
contestando con algo totalmente distinto del hilo de la conversación. Cualquiera
podría atribuir a una especie de sordera o algo parecido, debido a su edad,
pero no es así, es aún joven. Siempre ha sido así, como algo característico de
ella. Y es que, le encanta escuchar lo que quiere escuchar o interpretar a su
regalado gusto cualquier comentario que se le hable. Y desarrolla su rollo y se
explaya en éste, hasta que uno de mis hermanos le dice, que de aquello no
estamos hablando, ¡ha escuchado mal mamá, no estamos hablando de esto o
aquello, no lo que tú dices!, y es cuando estalla en risas y con ella todo
el mundo.
Pero
mi vieja no es de las personas comunes y corrientes que solo sonríen ante cualquier
evento jocoso o hilarante.
Hay
sonrisas, risas, risotadas, carcajadas, según la duración y el tono de sus
notas. En mi madre no hay clasificación especificada para describir sus descomunales
risotadas.
Una
risa simple y moderada no es lo suyo, no en absoluto, es una risa de risas,
como si saboreara cada una de sus sonidos, los disfrutara plenamente y el
estallido retumba en toda la habitación, y el remezón se siente en toda la manzana
del barrio, que digo en todo el vecindario. Me imagino que los vecinos de la última
cuadra donde se ubica su casa dirán, ¡doña Olguita se está riendo!, cuando
escuchan vibrar los vidrios de sus ventanas y es que, el escándalo de su risa
es soberanamente apabullante. Empieza con un sonido extremadamente grave de un ja,
ja, ja y a medida que aumenta la intensidad, los monosílabos parecen tener vida
propia y se hacen más y más fuertes y destemplados. Parecería como si pasara de
una degustación a un pleno banquete de los ja, ja y ja. Definitivamente lo
suyo no es una risa contemplativa, es un ciclón de una hecatombe de emociones que va haciéndose más y más potente hasta llegar al cenit, para terminar en
un: ¡Bah yo sólo me rio!
Me
acuerdo cuando éramos chibolos, mi vieja le preguntaba a mi viejo a la hora del almuerzo, te sirvo un poco más y él contestaba: solo una papita y un arroz
para indicarle que deseaba sólo un poco de aquello. Pero ella le servía literalmente
según la indicación, sólo una papa y un sólo endemoniado arroz. Todos nos reíamos,
pero ella como siempre, soltaba su estampida de monosabios ja, ja, ja… como
un trueno del cielo disfrutando su travesura y a todos haciéndonos en gracia la
hora del almuerzo.
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