Mis
primeras lecturas cuando era un chibolo las recuerdo perfectamente, me
encantaban las historietas en especial las de condorito, de hecho las coleccionaba
hasta ya entrado en la adultez.
Luego
por sugerencia y animado por mi amigo de la infancia que era un eximio lector en aquel género de lectura, me fui metiendo sin saberlo en el mundo de los
libros de bolsillo, con las famosas coboyadas* del oeste. En un principio me
parecían un montón de letras sin fin, carecían de cualquier gráfico salvo el de
la tapa y la contraportada. Todo un bloque de letras en formato pequeño de allí
su denominación, me parecía algo extraño y poco menos que aburrido irrumpir en
dicho género, por la ausencia de dibujos a los cuales estaba acostumbrado, pues no
me imaginaba cómo disfrutar la historia, sin su respectivo cartoon, pues estas le
añadían a la lectura un soporte más visual y la narrativa se hacía vivida.
Me
convertí en un adicto consumidor de ellas, las podía llevar a todo sitio, metidas
en alguno de los bolsillos de mi pantalón, y recurrir a ellas en cualquier
momento y lugar y, perderme en sus deliciosas narraciones.
Recuerdo
que me decían, cómo podía leer aquello, pues dicho género era considerado, como "sub literatura",
pero para mi era todo lo que necesitaba, una buena historieta y tiempo,
bueno, cuando eres chibolo el tiempo es lo más te sobra.
Eran pequeñas novelas del género del oeste, eran en extremo interesantes, escritas en un lenguaje fácil y asequible. Lo que me atraían de ellas, eran los matices y giros que, de cuando en tanto afloraban como oraciones con un lenguaje en extremo rebuscado, para mí ello era una delicia y, que en aquel tiempo tenía que ir a buscar el significado dedichas palabras a un diccionario, luego las pasaba a un cuaderno, donde anotaba todas ellas, las nuevas palabras que descubría con sus respectivas acepciones unidas a algunas frases que me parecían en extremo atrayentes. Sí aquellos recursos literarios, me parecían destellos de genialidad, que para mí la hacían aún más seductoras y, honestamente, me devoraba estas minúsculas historietas del viejo oeste. ¡Diablos!, cómo me gustaba saborear cada capítulo de los librillos aquellos.
Y eran también monetariamente accesibles, pues valían solo unos centavos en aquel tiempo. La verdad, hace mil años que ya les perdí el rastro a aquellas, no creo que aun las sigan editando.
Creo que estas fáciles lecturas, de inolvidables aventuras son tal vez
las que me empujaron y fueron el detonante que despertaron mi gusto por la lectura.
Me
pregunto ahora, si ya desaparecieron, qué fue de aquellas, desearía volver a revisar
alguna de aquellos jóvenes años, donde el tiempo aparentaba detenerse, abstraído en su lectura hasta perder la noción del tiempo, el espacio y, me
transportaba aquellos parajes de un
lejano oeste mítico, valeroso e ingenioso. Y fui creciendo con aquellos héroes
anónimos, pues en cada lectura no había un sólo protagonista, si no, que eran en
extremo pulcros en presentar siempre una nueva y super interesante historia y, que yo, quedaba totalmente seducido.
*Coboyada. Historieta del lejano
oeste de cowboys
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