El
ver a alguien sosteniendo un libro entre sus manos es sumamente raro, y lo es
aún más, si éste está leyéndolo, sea en el bus de transporte público, la calle,
en algún parque de la ciudad, la playa o en algún acantilado de ésta, menos aún en las bibliotecas
públicas o privadas, en el campo, aunque éstos han sido tomados por las urbes,
en fin, en cualquier lugar.
En el bus
Logísticamente
resulta imposible de implementar esta tarea, apenas uno puede treparse a uno
de éstos, y mantenerse dentro sin ser profanado, es ya todo un hito, pues en
estos armatostes, no cabe ni un alfiler. La imagen es muy similar a la que
retratan las tiras cómicas, donde uno está literalmente ensardinado. No hay
manera de avanzar adelante o hacia la parte posterior, sólo tienes que dejarte llevar
por la marea humana, que en cada estación se mueve a empujones o trompicones,
según la premura por acceder o salir de este medio de transporte.
En la calle
Sólo
un mentecato como yo, se atreve a usar la calle como pretexto para leer y
aprovechar el tiempo, la única desventaja es que, tienes que usar tu tercer ojo
para evadir a, intrusos ciclistas, descomunales huecos, y sortear un sinfín de
obstáculos que la ciudad te los cede al por mayor. Pareciese más una caminata
de obstáculos que una maratón de lectura.
En los parques
Es
genial e ideal, pero cuando se presentan ambas peculiaridades al mismo tiempo o
indistintamente, lo que falta es lo esencial, los actores, para este caso, los
lectores, aun cuando el escenario sea maravilloso, no hay quien lo usufructúe
aquello que gratamente se nos cede, tal vez porque dicha práctica es
desconocida.
En la playa
También
resulta muy placentero y ameno, tirarse sobre la arena misma, o en cualquier
tumbona tuya o alquilada. Yo prefiero la arena misma. O buscar algún lecho rocoso, y hacer de ello mi particular trono para acomodarme, en cualquier recodo de la ensenada y, empezar a saborear cualquier amable
lectura. Y este espacio natural, lo hace más interesante, pues, dispones como lienzo de fondo, la bahía espléndida
del pacifico mar que está a nuestra mano, claro está, no si previamente ha sido saciada nuestra vista, con el maravilloso y mayor monumento nacional, cuya
creación del buen Dios, nos la dio para nuestra gracia y disfrute, ¡las mujeres!, y que verano a verano, todas ellas muy coquetas, se pasean de aquí para allá con mínimo atuendo, para ser
admiradas.
En las bibliotecas
Imposible,
porque ya nadie visita estos edificios, se han convertido en lugares vacíos y
fríos. Otrora estaban llenos de libros y florecían de chicas listas, y nuestro afán
y deseo por explorarlos era efervescente, no necesariamente en ese orden.
En algún café de moda
De
hecho, hay gente que lleva estas carillas, a los cafés de moda de la ciudad, pero
lo cierto es que creo que están allí para ser vistos, y no para disfrutar de una estupenda
lectura. Y es que, entre lugares y lugares, este es el menos apropiado para
este fin. A menos que sea el cafetín de tu u*, pero es otro tema. En estos sitios de moda, no se puede saborear ni uno o lo otro, por lo agitado del ambiente, a no
ser que, el otro objetivo sea retratar una postal tuya a manera de, intelectual
al paso, para tus redes sociales, cuyo propósito es parecerlo, más no, serlo.
*U. Metaplasmo de universidad
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