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Con cuál me quedo

“dos orejas para ESCUCHAR, y sólo una boca para HABLAR”

Es un estribillo muy estudiado por los antiguos sabios griegos y que hoy, sin embargo, sigo ignorando.

De hecho, cuando mi mujer me habla pareciera que estoy, y de hecho, estoy como lo retratan las imágenes de cualquier comic o cartoon, estoy pensando o imaginando otras cosas, y sólo veo que gesticula y, sigue y, sigue hablando pero no la estoy oyendo, más bien estoy en otros asuntos, mi mente divaga por otros reinos del pensamiento, alejados de cualquier asunto doméstico o terrenal de los cuales ahora se ocupa en disertar, y ella asume inocentemente, que la estoy siguiendo, o prestando atención, cuando en verdad, sólo atino asentir, de cuando en cuando, y ella me reafirma algunas frases a manera de interrogación, a lo cual asiento y matizo con alguna interjección para que no sospeche que estoy paseando por otros mundos imaginarios. De este modo, me ahorro información que supuestamente no doy mucha importancia y de paso, no ofender susceptibilidades, que tal vez la pueden herir por desconsideración ante una evidente falta de atención al monólogo.

Quizás deberíamos de prestar más atención a ese sabio bordón antiguo ya que, de hecho, muy a menudo escuchamos a medias y a veces no alcanzamos ni a aquello, por lo que mal entendemos, en consecuencia, mal nos comunicamos. A lo mejor seríamos más sabios si ejercitamos y practicamos esta antigua frase, y nos evitaríamos aprietos y malentendidos universales, sólo con prestar más atención a nuestro interlocutor.

Y es que al parecer todo resulta al revés, a nadie le gusta escuchar, pero sí hablar, de allí que queremos hablar hasta por los codos, la verdad, no encuentro alguna razón lógica a esto de los codos y las bocas. En fin, pero lo bueno es que los antiguos sabios estaban en lo cierto. Hay que estar más prestos a oír, y cautos al hablar, pero lo malo es que todo mundo ignora esta acción.

Por lo pronto, prometo ya mismo prestar no sólo oídos, si no ojo pestaña y ceja a la próxima exposición que mi mujer me plantee, sobre cualquier tema, por más trivio que me parezca, aunque en verdad estoy seguro que, todos estos años de convivencia tranquila, se deba  precisamente a una ligera variación de ello. Una poca atención firme  y real. Sin embargo, siempre  estoy  listo para prestar mis  oídos sordos. Y es que  a los monólogos interminables de cualquier mujer  en convivencia marital, se hace más vivible y pacífica siguiendo mis sabios y probados consejos: “deja que las palabras fluyan libres, que entren por una oreja y salgan por la otra”, aún cuando los sabios antiguos me contradigan.

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