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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo "ético" ! ¡Ah!, pero no hay mane...

El fiadito de hoy

Antes al igual que hoy la práctica de comprar fiado, hoy es toda una institución, pero a diferencia de la pretérita, la cual estaba basada en la confianza generada por la asiduidad y fidelidad en la compra, y cuyo único objetivo era sacarte de un aprieto.  Esta nueva se basa en esa enorme veta interna, de explotar y exprimir en sumo grado mi anhelo y mi insatisfacción de poseer o gozar de algún bien o servicio, que lo hacen parecer, eficientemente, como una oportunidad única de alcanzar estos, no obstante, tengo la certidumbre que en todos y cada uno de estos casos son siempre irrelevantes.

¡Diablos!, me llaman por teléfono a cada instante, la bandeja de entrada de mi correo, rebosa y florece por las mágicas y generosas ofertas que las muestran cómo, únicas, limitadas y hasta exclusivas y, que según me re-afirman, han sido confeccionadas y generadas sólo para satisfacer y garantizar mi estatus en esta sociedad. Si estas tarjetitas de fiado*, están esperando por mí. Y ¡diablos y demonios crediticios!, quién soy yo, para despreciar una más de aquellas que, se me ofrecen a sólo firma, es más, ni siquiera tengo que acercarme a sus dependencias, me prometen hacérmela llegar en pocos minutos, allí a mi domicilio. Genial, sin duda Dios existe, me digo a mí mismo.

No hay manera de sustraerme de aquello, hecho una mirada a mi cartera especialmente adquirida, como oferta exclusiva y única para alojar a estos dúctiles plásticos, y sí, se aprecian y se ven muy cool, todas y cada una de las tarjetitas en ella, que se han empeñado en brindarme algún banco, alguna tienda departamental o hasta algún autoservicio de retail. Pareciera que las colecciono, o algo así, las hay de diferentes colores con singulares diseños, quizás en futuro muy, muy pero muy lejano, serán un elemento de culto para coleccionistas aficionados, por lo que, me digo nuevamente, por qué no, una más, y hasta tal vez debería de preguntar si las tienen en un formato más eco amigable o cuando menos reciclables, digo, como para no desentonar con esto de la sostenibilidad ambiental. En este punto, pienso acaso debería de optar por esas tarjetitas de “fiado digital”, pero sé que, al final esto de las nubes, drive’s, o e-Cloud, son tan o más contaminantes que los plásticos en físico que cargo conmigo, en fin.

Pero ayer como hoy y como será eternamente, habrá morosos como yo, que siempre se atrasan en los pagos. Pero en antaño, tarde o temprano pagabas el total de tú deuda sin cargo de mora. Pero hoy, es una interminable cadena de gravámenes de nunca acabar, de fraccionar y renegociar, vender y volver a readquirir, deuda e intereses de los intereses que ha generado la mora y, toda esta retahíla de aranceles que puntual y religiosamente me aplican, como penitencia por el retraso en los pagos. Al final, me resulta algo así como un calvario económico, esto de las tarjetitas de fiado.

¡Diablos!, me cobran por el derecho habiente de poseer cada una y todo el rosario de tarjetitas que usufructuó, no se realmente lo que significa ello, pero si lo dicen ellos, ni hablar no hay de otra, así que, a pagar el derecho de membresía, los diferentes e innumerables reportes que emite el banco, alguna prima de seguro de robo, antirrobo, y un par más que realmente no recuerdo. Me cobran por usar la ventanilla por cada una y todas de las transacciones u operaciones que realizo a través de ella. Me cobran por algún seguro de vida, de fallecimiento, y ¡diablos!, hasta hay una penalidad de resurrección, creo que no es cristiano cobrar este emolumento, en fin. En este punto omito la costumbre de cliquear en mis manos un poco de alcohol gel del dispensador, que ponen en la puerta para desinfección, no me la quieran cargar a mi maltrecha economía.

Y no hay curso super intensivo, inmersivo o al paso de aquellos que, enseñan economía personal para dummies, que logre disciplinar mi afán por el uso masivo de estas tarjetas de fiado, por lo que una vez recuperada mi libertad económica, prometo botar al tacho, cada una y todas las tarjetitas de fiado que dispongo, mejor aún, las guardaré no como un souvenir, si no, con la esperanza de recuperar algunos centavillos producto de la venta de éstas a algún coleccionista de un futuro utópico, explicado líneas arriba.

Pero mientras ello sucede, estoy contemplando volver a echar mano de una noble y vieja buena práctica del trueque, para mis futuras operaciones comerciales, a fin de evitar la codicia desmedida, intereses agiotistas, de estas formas de fiado moderno que me han esquilmado hasta la piel.

Pero es posible que este noble comercio olvidado, también sea la próxima víctima de algún visionario emprendedor codicioso, o un gurú económico, la contamine como lo fue la práctica noble y sana del fiadito.

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*Tarjeta de fiado: llámese también para este caso, de crédito y otras variantes. 

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