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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

Inflación depresiva

Desde que tengo uso de razón económica, es decir, desde que me gano los frejoles con el sudor de mi frente, esto de la inflación y deflación ha pasado de ser un tema irrelevante a formar parte del syllabus obligatorio de toda persona adulta más o menos responsable con sus finanzas tiene que seguir.

Cuando eras un crío y aún usufructuabas del hogar materno, esto de las inflexiones, contracciones y otros conceptos económicos eran completamente irrelevantes y estaban fuera de tu radar. No había manera que ello te quite el sueño, ni nada que desaliente tu voraz apetito.

Resulta que lo único estable y permanente en nuestra sociedad es el tambaleo y la frecuente inestabilidad de la hacienda pública. Por lo que siempre presto atención a todos y cada uno de los sabios consejos, que los gurús económicos me reclaman en disminuir los gastos en, ese formidable tinto Tokajy*, cuyas antiquísimas parras tal vez estuvieron en alguna mesa de nuestro redentor, y ahora ya no estarán más en la mía. O me susurran que, debo privarme de esos tiernos y celestiales bocadillos Wagyu**, que al mínimo contactó con mi paladar, éstos se disuelven primorosamente transportándome, etéreamente, a las frescas praderas japonesas donde observó con pre-claridad cómo estos vacunos  apacientan. ¡Pero de qué carajos hablo!, creo que es esta economía inflacionaria depresiva que me hace divagar, pues hace rato que lo único que bebo es “agüita” de caño”, aquella que emana de la alcantarilla de la ciudad y tengo que exprimir alguno que otro limoncito bien ácido, porque de lo contrario resulta imbebible, y sin un terroncito de azúcar, porque éste, está por las nubes, si, literalmente ya que su precio resulta inalcanzable. Y de qué bistecitos hablo, pues hasta “vegano***” me he convertido, y no por una sana y sostenible decisión de negarme a usar como alimento a otro ser que nuestro creador puso allí, al igual que nosotros, en la faz de la tierra. Sí, ahora soy un converso, puro y duro, pues ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me tramité bocadillo de algún magro corte de bovino nacional.

Por lo que, esto de la inflación resulta como caminar sobre la nada, tal vez sobre una cuerda floja mínimamente tensada y sin la barra de equilibrio por lo que, tendrás que hacer malabares para no perder pie y seguir bizarramente adelante.

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* Tokajy. Para este caso, rey de los vinos y vino de dioses.

** Wagyu. Raza bovina japonesa caracterizada por su jugosidad, terneza y espléndido sabor...bueno, eso dicen!!

*** Vegano. Para mi caso, por opción no por elección.

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