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Renuncio y punto

  U n certificado deseado, pero no merecido Siempre que puedo accedo a ciertos Mooc , boot camp , lounch meeting, en fin, o cualquier otro sobrenombre con los que se ha rebautizado a cualquier cursito o entrenamientos que se imparten en formato digital y, si juran y re-juran que este será gratuito y con certificación, pues no hay nada que pensarlo, a inscribirse ya mismo. Pero qué hacer cuando ya te anotaste, y al segundo después de haberlo hecho, tu correito empieza a ser blanco de misiles de e-márquetin, de este mismo entrenamiento o cursito. En consecuencia, no hay hora, día, que no se reciba elocuentes mensajes personalizados que llaman a la acción, y sobre indican que, no ven la hora de acogernos tiernamente como alumnos “ pro” bien logueados , e inscritos, en su incomparable y genial plataforma, para ofrecernos su inmejorable contenido, que sin duda cambiará nuestras, hasta hora, obtusas vidas. Esta pérfida insistencia logra sacarme de mis casillas digitales, amén de ...

Resguardando mi clave secreta

Antes de digitar algún santo y seña, una clave de alguna tarjetita de crédito o monedero digital, examino con sumo cuidado el entorno que me rodea, avisto que no exista peligro real o latente, por lo que después de verificar y asegurar el perímetro, y después de mantener al menos a aquellas otras personas que estén en la fila del cajero, se ubiquen a una distancia, la cual considero prudente, como de cinco o seis metros de separación, entre ellos y yo, procedo a realizar la operación.

O cuando se trata de una transacción a través de un hardware tipo POS me aseguro y exijo que el encargado del aparatito, gire su cabeza unos 180 grados en dirección opuesta a la mía.

Y aún así, todas estas precauciones las considero insuficiente, por lo que, con una mano y, haciendo de esta un escudo o barrera, protejo a la otra mientras mi dedo índice digita uno a uno, las combinaciones de mi passsword solicitado, y después de marcar un carácter y antes de proceder a "machucar" es siguiente, levanto la mirada y examino nuevamente el entorno mío, y así sucesivamente, hasta terminar con el último número de la serie secreta.

Como último, pero a la vez quizás el más importante paso que sigo, para cada caso reseñado líneas arriba, es que siempre cargo conmigo, una generosa dotación de algodoncitos, embebidas  en alguna solución hidrolítica de mi invención, de manera que, después de realizar la transacción económica, procedo a la limpieza juiciosa de cada digito usado, no vaya a quedar algún rastro de mi paso por ellas, y al final, estas puedan ser descifradas con algún artilugio, pues esto del crimen está a la vanguardia, y ¡diablos!, tengo que estar un paso delante de ellos.

En este punto, creerán que tal vez padezco de una paranoia psicótica o algo así, pero no, en nuestro medio, ninguna medida precautoria es suficiente para resguardarnos del delito. Y esto de salvaguardar los datos personales, al menos en nuestro medio, ha pasado de una sensación permanente a una realidad firme de desconfianza. De hecho, yo aplicaría el viejo bordón, y más que un dicho es una reseña de algún libro sagrado que indica que, "lo que hace una mano no sepa la otra", y no por lo que en verdad quiera decir aquello, si no por la desconfianza que una "mano pueda tirar dedo a la otra” *.

O acaso den por sentado que mi patrimonio es cuantioso y frondoso, en consecuencia, acreditaría dotarse de una seguridad privada para su buen recaudo, en absoluto, de hecho, estoy quebrado, algo así como en bancarrota, pero ¡diablos y demonios rotos!, con los pocos centavos que me quedan, no se meterán. 

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* Tirar dedo, interprétese solo para este caso como, echar, ser indiscreto, revelar, en fin.

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