El misterio de los mil dólares
Me dirijo a sacar las últimas
moneditas que todavía permanecen hospedadas en mi cuenta bancaria, y con este
último acto le estoy dando la extremaunción a esta cuentita de ahorro que me
acompañó desde cuando yo era mi único y real jefe. Más ahora desfallece por inanición,
pues no hay como alimentarla ya que no hay manera de conseguir empleo. Hace varios años que no logro conseguir empleo formal en lo cual fui formado e
instruido académicamente, de hecho, toda la vida me dediqué a labores muy diferentes
a lo que estudié, más ahora anhelando un cambio de vida y deseando ya no ser mi
propio jefe, es mi deseo ahora, "ser dependiente" y llegar a fin de mes a cobrar religiosamente
mi salario, sin más responsabilidades que el de ser un trabajador más. Pero al
parecer todas estas expectativas mías siguen en eso, solo expectativas.
Llego a un cajero automático
a proceder a retirar mis últimos diez dólares, y bueno realizo la operación, y
antes de tirar al tacho este último reporte que me entrega el cajero, lo miro
con cierta aflicción, y no por el cargo de conciencia ecológica que suscita
sostenerlo en la mano a dicho voucher, pues antes de emitir el informe escrito sobre la operación
bursátil que se está realizando, el cajero pregunta si desea recibir la
información impresa en "papelito físico", pues indica que, ¡piense antes de
actuar!, cómo recriminando por mi poca empatía con el cambio climático,
si mi opción es, “emitir voucher” y no la opción de “solo mirar en pantalla”.
Doy por hecho que esta maquinita o en específico su algoritmo ha sido bien entrenado en estas cuestiones de sostenibilidad ambiental. Pues apela a mis sentimientos ecológicos, que presumo los conoce muy bien.
No obstante, desisto de su segunda sugerencia de leer en pantalla. Me digo a mí mismo, a manera de despedida, y en vista que no estoy dejando nada en esta vieja cuenta mía, [pues] que emita el reporte en físico, es decir, me entregue el papelito. Total, a lo sumo será un par de ramitas de un árbol, las que se hallen involucradas en la producción de este papelito. Bueno, es mi excusa consoladora.
La verdad ya estaba a punto
de tirar al tacho de la basura el papel, al mismo tiempo que también iba terminando
mis cavilaciones ecológicas, y como último acto protocolar, le doy una breve fisgoneada
al saldo final que indica el voucher. Allí está el saldo, no me quepa duda. Lo vuelvo a mirar con recelo, pero no hay duda de que el saldo está allí escrito, incólume, firme, tan claro como el color blanco de ese
papelito que lo muestra. Lo re-remiro, sí, no hay duda, saldo final: mil dólares.
¡Diablos! qué pasó, ¿se
equivocó el cajero automático?, ¿fue error del banco? ¿Algún familiar ha
depositado en mi cuenta sin avisarme? ¿Fue acaso un cliente antiguo el que me
depositó este dinerillo? Son interrogantes que me asaltan, pues no sé de dónde, o cómo apareció dicho monto de dinero súbitamente en mi cuenta de ahorro.
Llamo al banco para ver si
hay un error, y de ser así, para proceder a su inmediata reposición, pero me
indican que no hay ningún error, que ese es mi saldo.
Llamo a todos y cada uno de
mis familiares cercanos, y no tan cercanos, para examinar si alguien ha depositado
en mi cuenta dicha suma, pero ninguno de ellos indica haberlo hecho, es más, me
indican que ni siquiera sabían que poseía cuenta bancaria, ni mucho menos que sabían que yo era un familiar suyo.
Averiguo con clientes
antiguos y los llamo, pero tampoco. Todo esto es un misterio, no sé cómo apareció
tal cantidad de dinero en mi casi cerrada cuenta bancaria.
De manera que agotadas
todas estas instancias que creo están involucradas en el caso, no me queda que
hacer un humilde y altruista, “llamado ciudadano” para
que si alguien, en verdad, este necesitando de mil dólares contantes y
sonantes pues que ¡POR FAVOR, A MÍ, ¡NO ME LLAMEN!
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