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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

MI CLETA Y YO

Particularmente, me resulta más placentero andar en mi cleta que en cualquier otro vehículo de cuatro o dos ruedas, donde la experiencia de manejar es muy estresante.

Y es que las ciudades del mundo se han convertido en remedos de la Calcuta India. Acá en mi ciudad, las calles no están diseñadas para soportar el intenso tráfico y, menos la ciudad para soportar a los impenitentes conductores.

A diferencia de otros ciclistas, que orgullosos enfundan sus cabezas en sus cascos anti golpes, yo prefiero que el viento golpee mi cabello, cuando en verdad, por la edad, ya no tengo ni un pelo en la cabeza. Ni gafas antirreflejo, pues las que uso, son anti miopía que padezco crónicamente, y éstas aún cumplen su función a cabalidad. Necesito de la experiencia de sentir las gomas y los fríos fierros de sus manubrios en mis manos, por lo que no necesito guantes. Y así me monto sobre su lomo y a cabalgar mi jungla citadina.

Un buen ciclista, o que se precie de serlo, debería saborear un cierto grado de impunidad, que da el hecho vivir en el tercer mudo, pues se puede circular en cualquier sentido de dirección, deslizarse por calzadas, anchas o angostas, esquivar peatones intrusos que osen atravesarse en nuestro camino, y salir indemne y veloz de cualquier embotellamiento infernal.

Puedo estar en cualquier calle, dribleando los baches, pues en esta ahuecada ciudad los hay de todas las formas tamaños, más luego estar disfrutando en cualquier parque, escrupulosamente cuidado, o en las bahías del océano pacífico, saboreando su húmeda brisa. Voy allí donde las fuerzas de mis piernas me quieran y puedan llevar.

Es la excusa perfecta para eludir las preguntas incómodas, por qué no usas tu vehículo, o por qué no tienes carro. Sólo te endilgas la etiqueta, ecologista, o ecomovilidad, y superaste el trance y el hecho de estar más chiuan*, que cierta congresista nacional.

Me considero un purista auténtico en cuanto al diseño de este noble invento, debería ser preservado tal cual vio la luz, en consecuencia,  partidario de castigar con el azote de la indiferencia, a aquellos que osan en colocarle ruidosos motores, pues lo son en extremo molestos. Los olores de nafta y aceite, que de estos se desprende, son insoportables. No, definitivamente no, su origen debería ser preservado tal cual. Sólo dos ruedas, su asiento cómodo y su manubrio.

Y ahora, voy a por ella, pues esta actividad, la puedo realizar en mi ciudad, durante todo el año, no hay verano que sea extremadamente sofocante, ni invierno demasiado frío que me impida salir a dar a diario un paseo.

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*Chiuan. Para todos los casos, interprétese como, misio.

**Misio. Para este y todos los casos, sin dinero. 

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