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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

El peatón y la paradoja de la patanería

 Ecuación de la patanería

2n =   X 2()

Donde:
n = (variable 0, 1 y 2) * Escala de ostentación vehicular

  • 0 = Vehículo chiuan (vehículo pobre)
  • 1  = Vehículo estándar
  • 2 = Vehículo ostentoso
X = Respeto y apego a las reglas de urbanidad y tránsito
∞ = Paradoja de la patanería

Paradoja:

La subespecie humana femenina o masculina cuando son más ostentosos los vehículos que conducen, sus expresiones de urbanidad y cariño al peatón común y corriente es geométrica e inversamente proporcional a la variable dependiente

Abstracción racional de dicha antinomia:

Ser peatón en esta jungla llamada ciudad es una delicia y una de las más bellas experiencias que como ser humano no se puede abstraer de saborear.

Cruzar una simple intersección resulta un endemoniado asunto de vida o muerte.

Deseo cruzar alguna calle cualquiera, y de súbito todos los decibeles del universo son descargados en mis oídos sin el menor reparo ni la menor consideración y me hace pegar un salto tal que, creo que si hubiera sido un felino, habría alcanzado la cornisa del del décimo piso del edificio que se ubica frente mío. Hasta mi alma salió disparada de mi cuerpo y con ella mi corazón, consiguiendo ponerse a buen recaudo en los quintos infiernos. Mientras mi cuerpo aún preso del espanto recupera poco a poco sus cabales, y ni bien me siento regresar a este mundo, todavía medio aturdido, sin saber exactamente qué demonios pasó, otro estruendo de improperios es vertido por el impenitente conductor del vehículo, es cuando allí caigo en la cuenta que, lo que escuche fue el infernal claxon de un vehículo y los alegatos vertidos animadamente de oficio son de su conductor, que me animan a no cruzarme en su camino...

No estoy en absoluto hablando de taxistas y transporte público cuasi masivo, pues no se merecen estas humildes líneas en este inocuo blog, si no, toda una enciclopedia de A a la Z que plasme su brillante y respetuosa praxis, que distinga su singular pedigrí, por lo que, merecen una historia aparte de la que hoy me ocupa.

Y aceleran como si quisieran ganarle al mismísimo demonio, sólo para detenerse en el próximo semáforo que está ubicado escasos metros, y para nuevamente acelerar como un bólido en competición de arrancones, o como si trataran de quien acelera más y hace más ruido, pero es lo único que se hace, pues, avanzar nada o muy poco, por lo gran tupido de semáforos que hay en cada intersección. No se puede por ningún motivo perder terreno ganado ni un centímetro. Si se percibe el ulular de los vehículos de emergencias que se esperen, pues ellos están más urgidos.

¡ ay de mí ! en cruzarme por su camino y retrasar unos segundos sus muy importantísimas tareas que está realizando. No pueden ser demorados ni un minuto pues de ello depende que el mundo siga girando, y no se vaya a detener y zas una catástrofe universal en ciernes. No, es impensable. Oh yo desconsiderado, de tal atrevimiento me merezco todos los epítetos estrenados para la ocasión. Es intolerable y me merezco eso y mucho más. Yo y mis asuntos, pues eso no importa, y eso me servirá de lección para no osar cruzarme en el camino de estos muy dignos y bien intencionados conductores.

Sí hay que invadir los cruceros peatonales pues hay que hacerlo, al cabo sus urgencias particulares son más importantes que la seguridad y el buen recaudo del peatón. Y en ese afán compiten entre conductores, quien gana medio metros más, es la meta e idea, y la única regla, ser el primero en pasar a toda costa y costo, y en ese intento no hay nada ni nadie que se interponga en su camino. No hay peatón que importe, ni viejos, ni jóvenes. Peor aún si son ciudadanos con alguna discapacidad, en silla de ruedas o ciegos, u otro ser con alguna condición, su exasperación llega a ser máxima.

La experiencia me ha demostrado que los patrones de conducta de los conductores siguen una progresión geométrica, ni bien toman el volante en sus manos, la educación y la conducción inteligente, o cuando menos, el mínimo sentido común son echadas a la guantera y, los tanques internos de sus cuerpos, se auto abastecen inmediatamente de ira, frustración y patanería, que los hace adorables angelitos.

... Repuesto del espanto medio aturdido aún por el sonido que retumba en mis oídos, reparo cuál fue el vehículo que osé interrumpir su race, por supuesto una imponente SUV* y, como corolario, veo mientras se aleja, que baja una de sus ventanillas y por ella arroja sin rubor alguna una botella plástica a la calle, como si fuera un “pedito” al aire y, sigue rodando ¡PLOP!

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* S.U.V. Dícese de los vehículos humildes conducidos por ciudadanos aún más sensibles y nobles, resueltamente respetuosos de las normas de tránsito, y extremadamente empáticos con el ciudadano de a pie.
SUV: Sport Utillity Vehicle, por sus siglas en inglés. Vehículo Utilitario Deportivo, por su traducción al español.

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