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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

MI PRIMERA BIBLIA DEL COLE

Estudié en un colegio confesional regentado, por lo que nosotros chibolos de aquel tiempo llamábamos curitas, bueno en aquella época todos eran españoles y se especializaban en enseñar religión, filosofía, lógica o algo así.

¡Diablos y demonios confesionales!, pero en casa éramos laicos, bueno en realidad católicos, pero de aquellos que raramente ejerce su confesión y resulta más en una cuestión tradicional, hereditaria, que por la certidumbre resultante que da el ejercicio de profesar la fe. Sólo en alguna y excepcionales ocasiones se visitaba alguna iglesia, ni en las pascuas de natividad, y sí en otras, como las pascuas de resurrección. Otras raras estaban relacionadas con algún bautizo o defunción.

Pero eso sí, había que hacerse religiosamente, la señal de la cruz, cuando pasabas por algún templo, pues son las casas de Dios. Y cuando advertías pasar un funeral, no porque en cuestiones mortuorias nunca hay muertito malo, aunque este haya sido en vida un rufián, sino en señal de respeto, al séquito de ángeles de la muerte que acompañan al cuerpo, en su viajecito al más allá.

Bueno, el primer año del cole recuerdo, se nos pidió llevar una biblia, para el curso de religión que era un curso obligatorio y considerado en aquel tiempo, como una hora de relajo para nosotros los chibolos.

Sólo recuerdo haber encontrado en casa, un pequeño librito de tapas azules, y cuyo texto decía en letras doradas “sagradas escrituras”, con hojas de cebolla y no por el olor o que estas procedan de este tipo de hortaliza si no, en alusión a lo delgadas y transparentes que eran sus folios. Era una mini biblia, así que la puse entre mis cuadernos y a recibir las primeras clases de religión.

Cuando el cura citaba alguna referencia de algún libro bíblico, al cual teníamos que remitirnos nunca lograba encontrar la cita aludida.

De manera que, pasaba y repasaba mi vista por entre las hojas en busca del encargo, pero no, nunca encontraba el título del libro objeto de nuestro estudio. Diablos, dónde esta esto de Marcos, Juan, Mateo, en realidad me eran muy familiares, pero no por cuestiones eclesiásticas, si no, por lo común que resultan los nombres en nuestro medio. Pero dónde está estos. Acaso por el mini tamaño de esta, tal vez omitieron estos títulos, pensaba inocentemente, no los hay, ¡uhm...! Sólo leo, Macabeos, Tobías, Salomón, sí y otros nombres que no me son familiares, pero nada que ver con los primeros. Y citan con regularidad a Yahvé o Jehová, pero no dicen nada de Dios, y estos nombres nunca escuché pronunciar a los curitas del cole.

De manera que, me acerco tímidamente al cura para hacerle notar que la biblia bueno, mi mini biblia, no había tales referencias, y veo que revisa tal librito y me mira algo no sé si sorprendido o indignado, por haber osado en llevar a sus dominios un libro cuasi profano ajeno a su ideal de sus preceptos, de manea que, “Pues, decidles a vuestros padres que te compren una biblia católica apostólica y romana, joder, me dice con todo su acento castizo.

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