Estudié en un colegio confesional regentado, por lo que nosotros chibolos de aquel tiempo llamábamos curitas, bueno en aquella época todos eran españoles y se especializaban en enseñar religión, filosofía, lógica o algo así.
¡Diablos
y demonios confesionales!, pero en casa éramos laicos, bueno en realidad católicos,
pero de aquellos que raramente ejerce su confesión y resulta más en una
cuestión tradicional, hereditaria, que por la certidumbre resultante que da el
ejercicio de profesar la fe. Sólo en alguna y excepcionales ocasiones se
visitaba alguna iglesia, ni en las pascuas de natividad, y sí en otras, como las pascuas de resurrección. Otras raras estaban relacionadas con algún bautizo o
defunción.
Pero
eso sí, había que hacerse religiosamente, la señal de la cruz, cuando
pasabas por algún templo, pues son las casas de Dios. Y cuando advertías pasar
un funeral, no porque en cuestiones mortuorias nunca hay muertito malo, aunque
este haya sido en vida un rufián, sino en señal de respeto, al séquito de
ángeles de la muerte que acompañan al cuerpo, en su viajecito al más allá.
Bueno,
el primer año del cole recuerdo, se nos pidió llevar una biblia, para el curso
de religión que era un curso obligatorio y considerado en aquel tiempo, como una
hora de relajo para nosotros los chibolos.
Sólo
recuerdo haber encontrado en casa, un pequeño librito de tapas azules, y cuyo
texto decía en letras doradas “sagradas escrituras”, con hojas de cebolla y no
por el olor o que estas procedan de este tipo de hortaliza si no, en alusión a lo
delgadas y transparentes que eran sus folios. Era una mini biblia, así que la
puse entre mis cuadernos y a recibir las primeras clases de religión.
Cuando
el cura citaba alguna referencia de algún libro bíblico, al cual teníamos que
remitirnos nunca lograba encontrar la cita aludida.
De
manera que, pasaba y repasaba mi vista por entre las hojas en busca del encargo,
pero no, nunca encontraba el título del libro objeto de nuestro
estudio. Diablos, donde esta esto de Marcos, Juan, Mateo, en realidad me eran muy
familiares, pero no por cuestiones eclesiásticas, si no, por lo común que
resultan los nombres en nuestro medio. Pero dónde está estos. Acaso por el mini
tamaño de esta, tal vez omitieron estos títulos, pensaba inocentemente, no los hay,
¡uhm...! Sólo leo, Macabeos, Tobías, Salomón, sí y otros nombres que no
me son familiares, pero nada que ver con los primeros. Y citan con regularidad a
Yahvé o Jehová, pero no dicen nada de Dios, y estos nombres nunca escuché pronunciar
a los curitas del cole.
De
manera que, me acerco tímidamente al cura para hacerle notar que la biblia
bueno, mi mini biblia, no había tales referencias, y veo que revisa tal librito
y me mira algo no sé si sorprendido o indignado, por haber osado en llevar a sus
dominios un libro cuasi profano ajeno a su ideal de sus preceptos, de manea que,
“Pues, decidles a vuestros padres que te compren una biblia católica apostólica
y romana, joder”, me dice con todo su acento castizo.
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