¡... No, no se amontonen para todos hay, si dale, dale pésale un kilo, al otro señor otro kilo más. Pásale la bolsa, pásale pásale. Para todos hay, no se amontonen. Dale a la señora, dale también al otro señor. Dale al carro rojo. Al azul, al azul también. Dale al otro, si un kilo más. otro más...Nos volvimos locos, todo está en oferta. Dale a ella un kilo más. Ya si uno más, uno más por allá ...!
Son los sonidos que se filtran hasta mi habitación, y logro
identificarlos, sin duda esta acústica proviene de la amplificación de un
típico megáfono. Lo otro que logro inducir, basado en la diatriba que llega a
mis oídos con una generosa dosis alta de decibeles, que la fuente de toda esta
estridencia sonora es sin duda algún típico buhonero, o vendedor itinerante que
está pasando por mi calle.
Lo que me llama la atención de esta lírica acústica
es, por un lado, escuchar los efusivos llamados a la acción, ya que en general
en esta comunidad donde vivo, es muy poco frecuente escuchar este tipo de
llamados emitidos a tan alta frecuencia sonora, de hecho, casi no hay ningún
tipo de ruidos en la comunidad. Otra deducción que viene a mi mente es que sin
duda se trata de algún vendedor ambulante, que se encuentra pasando por mi
puerta ofreciendo sus generosas y prometedoras gangas. Y una última divagación
mía, es que resulta muy raro o poco frecuente que ambos hechos se estén
llevando a cabo en mi comunidad.
Por lo que, basado en lo que escucho al vendedor herrante,
me digo, que quizás por ello la gente del barrio hayan salido presurosos de sus
casas y, estén abordando al vendedor ambulante, y dado a que es poco frecuente
este tipo de eventos, pues en nuestra comunidad es nulo el comercio vial, por
lo que la gente tal vez esté atosigando al vendedor, y acaso se estén peleando
entre ellos por alcanzar a ser los primeros en comprarle sus inmejorables
promociones. Hechos que se reafirman una y otra vez en las coplas
que, a voz en cuello o precisamente a voz en megáfono, entona este buen
vendedor. También doy por descontado que algunos automóviles han detenido su
marcha y se han sumado a la puja.
¡Diablos! y yo acá en mi habitación solo escuchando como el
vendedor apabullado ante tal hecatombe humana, se desgañita en complacer y abastecer a todos, tratando que esta virtual riña, motivada por la competencia en ser los primeros en comprar sus
productos, no llegue a mayores. De manera que no, no puedo quedar al margen, de ninguna manera puedo
dejar pasar un evento como estos y, sin dudarlo salgo ya mismo, pues también quiero ser parte de
este convite callejero, total una buena oferta y en la puerta de la casa, no,
no hay manera de dejarla pasar.
Emerjo en mi puerta a la velocidad de un rayo, y compruebo
en efecto, que se trata de un vendedor ambulante que va pasando por la calle
que, con megáfono en mano no deja de promocionar sus mercaderías.
Pero no hay absolutamente nadie, no hay carros que se
estacionen a comprar lo suyo, tampoco hay señoras, ni señores, ni grandes ni
chicos no hay nadie, la calle esta desierta. No hay alguien que este pujando y peleando
por sus generosas y buenas gangas. De manera que, solo me acerco al solitario
vendedor a culminar con mi cometido, comprar algún productito aun cuando no
haya nadie empujandose o jaloneandose por tales. Al menos lo haré en retribución a tan eficiente
mentecato márquetin callejero que llamó mi atención y me movió a la acción, pues bien que se lo
merece, sí señor.
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