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Honor y gloria a los craqueos

¡Obtenga software auténtico! Es el anuncio a manera de cintillo emergente que aparece en  la pantalla de mi PC, cada vez que doy inicio a cualquier aplicación de la suite ofimática, en cuyo fondo del color amarillo ocre, resalta ese texto. Esta advertencia se aloja en la parte superior o en el encabezado de la ventana gráfica, en específico, debajo de los cintillos de opciones de las aplicaciones, y se extiende de extremo a extremo. O aquel otro, que se planta en pleno centro de la pantalla invadiendo toda esta, y en ambos casos, me exhorta a obtener alguna licencia para su uso. Y pues como debe ser y también como corresponde, pincho en la pestaña de enviar al tacho a todas estas advertencias, no obstante, sé que nuevamente estarán allí día tras día hasta que proceda a ser un muy noble y juicioso craqueo de estos programitas. ¡ Honor y gloria al buen crakeo ético ! ¡Ah!, pero no hay manera de el...

Intentando encontrar una ciudad propia

Motivado por mi grado cada vez mayúsculo, y máximo rechazo a como la ciudad se ha transformado en un monstruo irreconocible, donde entre otras cosas, el tránsito de peatones y conductores impenitentes, resulta como un acertijo indescifrable, quizás normado por la supresión de cualquier sentido práctico o común de una convivencia racional, y que sólo es superada por reestrenadas primigenias formas de sobrevivencia, a costa de todo y de todos, en fin.Quisiera dejar de lado todo esto e iniciar una nueva ciudad, o cuando menos un feudo particular y privado, basado en mis particulares estándares de disfrute personal.

 

En esta ciudad ideal y autogenerada por mí mismo, no pago impuestos, ni de hecho me los despojarían, ni los buenos ni los malos. No hay jerarquías burocráticas de ninguna letra, ni nivel, como las fácticas de carne y hueso, que tratan de esquilmar los bolsillos. Puedo segregar a mis vecinos, a los no tan vecinos, así como a mis amigos y enemigos. En esta particular ciudad no hay caos, embotellamientos, pues no existen vehículos, solo cletas*, para disfrutar plenamente de sus cuantiosas áreas verdes y ensenadas pródigas. Esta sería por antonomasia una ciudad limpia, en cualquiera de sus acepciones, o lo que se apetece entender acerca de este concepto. Es más, tal vez yo, como el único y real habitante de esta magnífica utopía…, y acaso si viviera entre nosotros Tomás Moro, apuesto que pujaría por integrar la suya a mi particular ciudad, por lo cool y genial que vendría…, entonces, yo como iniciador de dicha cofradía, sería el responsable se segregar quienes deberían de integrarla.

 

Pensaba en adquirir en los extramuros de la ciudad, alguna propiedad, o cuando menos un terrenito baldío, donde iniciar una vida eremítica, pero dado a las cuestiones del tambaleo perpetuo de nuestra hacienda pública, en consecuencia, mis finanzas particulares han resultado en algo así como, un juego de prestidigitación, donde poner en la mesa, si no al menos un conejo de vez en cuando, resulta algo así como iluso,  por lo que sería más apropiado  poner en ella, cuando menos el pan nuestro de cada dos o tres veces por semana, en vez de hacerlo diariamente. Más todas estas cuestiones económicas son como un juego azaroso, por lo que, para plasmar mi estilo de vida debería de explorar otros modos y maneras.

 

Inicié una exploración por los "dominios binarios", ahora que aparejamos de realidades aumentadas, virtuales. Pensé que sería una opción interesante para eludir nuestra existencia cruda, pues a nadie, al menos no en su sano juicio, le encanta convivir con otros seres que hacen de la ciudad su "chacra", entonces pensé que estas meta-ciudades ayudarían a escapar de nuestro bárbaro talk show doméstico.


Pero dado a que tal ciudad algorítmica, digital, utópica, etc, como yo la imaginé, no la hay, al menos en la forma como la deseo, pues al final de cuentas estas binarias pretensiones tienen también el mismo objetivo que cualquier ciudad real,  de generar usufructuo, en este caso para los creadores de estos emprendimientos virtuales. Pero los pasivos ambientales productos de estás experiencias lúdicas, resultan que son exponencialmente contaminantes, quizás más aún que una verdadera ciudad hecha y derecha. Por lo que, seguiré en esa búsqueda, de aquella, hasta ahora esquiva, imaginaria ciudad. Mi particular ciudad utópica, propia, solo para mí

 

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*Cleta. Bicicleta

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