Lograr
que acepten y den curso a una solicitud de servicios básicos públicos, podría
considerarse, como un triunfo épico, digno de las hazañas de los héroes
griegos, que después de innumerables batallas, interminables obstáculos y con
la ayuda de los dioses del olimpo al final, se coronan como vencedores.
Siempre escuchaba o veía por la tv, de los sufrimientos y maltratos a los ciudadanos,
atrapados por los tentáculos de la burocracia.
Mi
odisea se inicia cuándo, yo, cuál héroe helénico, escucho el llamado de los
dioses y tras una epifanía, decido solicitar para mis dominios, agua y desagüe.
Al cabo
de un año, y después de pagar hasta el último chelín, con sus respectivas
moras e inapelables intereses, concluyo de pagar el contrato con la proveedora
del servicio.
Mis
pensamientos evocaron el día, que suscribí dicho convenio, y que luego me
aseguraron, procederían a su inmediata conexión. Inocente atribuí la
demora, a la razonable idea, que se asegurarían de cobrar primero antes de
colocar los servicios.
Sin
embargo, ya ha pasado una pandemia global, está pasando la segunda ola de dicha
calamidad, han pasado tres presidentes por mi país, desde aquel día, y no
consigo un número telefónico de alguna alma, que dé solución a mi necesidad.
Cuando
por fin, una de sus innumerables teleoperadoras, creo que las colocan allí
sabiamente para poner a prueba nuestra serenidad y paciencia, tocada por algún
dios benigno, se apiada de mí y me proporciona el número del gerente.
Después
de llamarlo y explicar, pormenorizadamente mis peripecias. Al final, con una
solemnidad propia de un rey y no menos digna de su cargo me dice, señor está
usted hablando con el gerente. Su solicitud inmediatamente será atendida.
Enhorabuena,
me felicito calladamente, de haber osado en llamarlo y distraerlo un momento,
de sus importantísimas tareas, que seguramente realiza en beneficio de los
moradores de este Reyno (ciudad). Y con el orgullo henchido, doy gracias algún
dios bienhechor hindú, porqué allí los hay para todos y para todo, por haberme
concedido tal gracia.
Pasan
unos días. Una semana y nada, hasta que decido llamarlo nuevamente, y le
explico que nada, ni una respuesta, ningún correo, ninguna señal de humo blanco
o negro. Y sólo atina, ahora con menos solemnidad y con más premura por
deshacerse de mí, a brindarme el número telefónico de otro gerente.
Luego
este, me deriva a otro subgerente, que me asegura que atenderán mi pedido a la
velocidad de un rayo, y que espere su llamado. Pero el llamado nunca llega,
ni sombra, ni rayo, ni luz, ni agua, nada.
A este
punto mi equilibrio espiritual tambalea, mis esperanzas de conseguir este
preciado recurso se escurren como agua entre mis manos. Una vez más, le
pido al dios de la paciencia me prodigue, unas gotas de este elixir, para que
renueve y anime.
Mis
cavilaciones me llevan a la confirmación de mi vieja sospecha que, hay demasiados
gerentes y sub gerentes, para todos los gustos y colores y, no hay algún
cristiano común que pueda hacer el trabajo de romper la vereda, para conectarse a la red pública y, dotar del
líquido elemento.
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