Pienso darme una
vueltita a visitar a familiares al interior del país, le digo a mi mujer, voy a
comprarme unos pasajes a Tepsa, pues sé que esta empresa de
transporte terrestre va a todo el país. Y ella me informa que, dicha empresa dejó
de existir hace ya varios lustros, así que mejor tómate un vuelo, te sería más
conveniente, me dice. Es lo que se hace ahora, recalca.
Pero yo añorando tiempos
pretéritos, opto por la promesa que alguna empresa de este tipo de trasporte,
me aseguró: un viaje cómodo, dormir como en casa y tener una cena, como en mi restaurante predilecto.
Ya embarcado, y
en pleno viaje, me felicito de haber optado por estos Buses cama.
Muy bien, yo encantado, me digo a mí mismo, porque no existieron desde siempre
estas cordiales formas de viajar, pues me seduce la expectativa de disponer al
menos, si no de un mullido colchoncito con plumas de oca, al
menos que sea de gansito bebé, y unas tibias sábanas de algodón egipcio. Pero sólo
fue una ilusión, pues al momento de hacer uso de ella, tenía la imagen de que,
estrujando algún botoncillo, la cama asegurada, emergería como por arte de
magia, pero sólo es la butaca, en la cual estoy sentado, y según como lo
inclines en relación a una línea imaginaria horizontal, esta pueda alcanzar los
180 o 360 grados. Aunque no soy un experto en geometría plana, pero creo ello no
se ajusta a la realidad, por lo que, sólo me queda, estirarme todo lo que
pueda, y de cuando en cuando disfrutar de ciertos pateos de mi vecino que está en
el asiento tras el mío y que presumo no está muy cómodo tampoco, con el espacio
dejado por mí, después de haber hecho la maniobra de instalar o hacer de mi
asiento, un catre exprés, de manera que, esta posición, supuestamente
horizontal, bueno dependiendo del plano donde lo mires, no se puede alcanzar el
éxito ansiado. Y no hay de otra así que, sólo me queda acurrucarme en mi
chompita de lana de corderito hirsuto, pues la promesa de plumas de patitos y satines
faraónicos, sólo sucedió en mi imaginario.
Llega la hora de la cena, y mi expectativa ahora es más favorable, y viene ahora mismo, el recuerdo
del pasado, cuando viajaba en estos buses y estos tenían sus paradas
predeterminadas, supongo en sus huariques* preferidos, y allí
todos descendíamos a disfrutar de nuestros alimentos y hacer una que otra
necesidad obligada. Recuerdo que adoraba, en viajes como estos, el de comer
siempre y cada vez, de un buen platillo de estofado a la norteña con su generosa
y descomunal carne, y quedaba agradecido y plenamente satisfecho. Y creo que
también los conductores de antaño de dichos buses también lo estaban, pues para
ellos, yo siempre curioso, veía, como los dueños de estas fondas, los engreían
en un lugar especial del local, un reservado para los susodichos muy cerca de
la cocina, y les servían lo que gustasen, en agradecimiento a llevar a todos
los pasajeros a comer a su sitio. Y al parecer en efecto disfrutaban de aquello,
pues se evidenciaba por lo abultado de sus vientres opíparos, pues en aquel
tiempo todos los conductores, al menos todos los que yo veía, eran en extremo "regordos". En fin, me dispongo a recibir, mi cena abordo prometida, por lo que
impaciente espero, a las lindas aeromozas o terramozas o cómo se las llame, me
traigan ya mismo mi cartilla del menú, para escoger mi platillo añorado.
Diablos y
demonios, pero no hay tal, y sólo recibo a cambio, un par de panes glaciales, no
sé si están más vacíos que mi estómago, pues solo alcanzó a contar que hay una
delgadísima y transparente rebanada de algún embutido, y que ahora ya dudo de su
noble procedencia, escoltado con un té o café, tan o más helados que los panes,
pero no más fríos que mis huesos luego de abrigarme con las fibras exóticas de
oriente, que imagine. Diablos, la viandita, resultó un espanto, y bueno te cobran
cómo si hubieras disfrutado una cena de 5, 6, 7 y todos los tenedores del medio
culinario, en algún eximio restaurant gourmet. Sabiendo esto, me hubiese hecho
mi lonchera, para no pasar hambre, frio y el mal rato, a causa de este
mentecato platillo.
Yo necio,
Ignorando los consejos de mi mujer, debí de haberme trepado en alguno de esos mini
aviones recomendados, y ahorrarme interminables horas de descanso obligado,
poco cómodo, y con un ascendente grado de claustrofobia en relación al lento
discurrir de las horas, sin alcanzar lograr el disfrute que, como en tiempos de
antaño lo hacía.
*Huarique: Para
este caso, restaurante estratégicamente ubicado a medio camino de tu viaje, en
bus interprovincial.
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